Fernando ‘Coco’ Bedoya, Paulo Bruscky, Mariana Bunimov, Jorge Caraballo, Elda Cerrato, Emilio Chapela, Guillermo Deisler, Nicolás García Uriburu, Anna Bella Geiger, Rafael Hastings, Luis Hernández Mellizo, Alicia Herrero, Maurício Ianês, Leandro Katz, Jonier Marin, Juan José Olavarría, Horacio Zabala

Frontera

Frontera

La frontera es una paradoja, tanto un fenómeno real como un fantasma. Es una línea −de la geometría euclidiana− dibujada en el papel para esbozar un mapa. No es más que una abstracción. Sin embargo, no es una abstracción neutra. Al contrario, tiene la capacidad tanto de revelar el mundo real como de ocluirlo y, todavía más, de intervenir en él. ¿Qué nos demuestran las líneas? ¿Qué no nos demuestran? ¿Qué está omitido por la mano que las dibujó, y por qué? ¿Apenas somos, seguramente, nosotros a quienes se dirige el mapa que intentamos descifrar?[1] Por un lado, la línea puede inscribir bruscamente las divisiones aparentemente establecidas, impuestas por un Estado-nación: un producto del imaginario que pretende exigir el poder soberano sobre los cuerpos y sus movimientos en el espacio. La herida sangrante en la faz de la tierra, vidas perdidas, vidas destruidas, la línea que se vuelve un muro… Por otro lado, la línea está libre: permite reimaginar y reordenar el mundo.

Las obras reunidas en la muestra abarcan más de cuarenta años y distintas generaciones artísticas. A pesar de la continua insistencia en la importancia de la cartografía y sus agudas críticas deconstructivistas, se notan también decisivos intereses generacionales, que reflejan las tensiones geopolíticas, sociales y culturales particulares a través de las décadas.

En los años setenta y ochenta está clara la enorme preocupación por la construcción y configuración geopolítica de la región llamada América Latina y su identidad. Por un lado, se ve la zona como un objeto construido por la intervención e interés estadounidense −el campo de experimentación feroz en donde se puede probar la doctrina del shock aplicada por las dictaduras militares. Lo manifiesta clara y sucintamente Paulo Bruscky en su América Latina: el continente sobreimpuesto con el blanco apuntado a Brasil, la tierra marcada por tres balazos rojos. La otra cara de esta intervención −la violencia cotidiana de las políticas económicas neoliberales− es también agudamente expuesta en las xerografías de Jorge Caraballo, El Sueño de Reagan e IBM, en las cuales cada uno de los países es representado por su nueva imagen compuesta de su nombre propio y un logo de una compañía transnacional basada en los Estados Unidos, como en el título de la última de las dos obras donde la empresa informática IBM pretende significar la región “Iberoamérica.” El continente estereotipado como lo mágico, exótico, erótico se encuentra presente, de manera más sutil y mucho más humorística, en las obras de Anna Bella Geiger. El poder de la abstracción lo entendió bien Horacio Zabala cuando en 1972 escribió “Este papel es una cárcel.” Una de sus obras más icónicas resulta útil para repensar los mapas que el artista sigue produciendo hasta ahora, insistiendo en borrar lo conocido, como sucede con los demás hechos por sus contemporáneos.

Aunque el arte de la época de los setenta está firmemente asociado con los conceptualismos ideológicos y su giro político, al mismo tiempo se empieza a concretar el otro tipo de conciencia y preocupación, la cual parece dominar las obras de artistas más jóvenes. En tal sentido, esta conciencia del alcance global, de la porosidad permanente y absoluta de las fronteras, de su carácter violentamente impuesto, se manifiesta de manera casi profética en las obras de Nicolás García Uriburu. Su World Water Environment (Ambiente acuático mundial) pretende abarcar y unificar todas las aguas del mundo. Imaginemos que su característico pigmento verde jade se desplaza empezando con los mares, poco a poco penetra los ríos y fluye hasta los más pequeños arroyos, para finalmente desaparecer y reunirse con la tierra.  Este ambiente comprende todo, todo lo que podemos imaginar y designar.

Los ríos ya no separan las naciones-Estados como las fronteras-líneas artificialmente impuestas. Por el contrario, las unen, negando las preocupaciones nacionales y nacionalistas mediante aquello de lo que todos dependemos: el agua que nos mantiene. De manera similar, en SUR de 1994, el continente pierde su forma familiar no tanto por la inversión à la Joaquín Torres García sino por la negación de su contorno fijo que separa rígidamente el mar de la tierra.    

Este imaginario que llamaría hidrográfico está presente en las obras más recientes −en Costa de Luis Hernández Mellizo y la serie El Viaje Revolucionario de Alicia Herrero. Si bien, en las palabras de la última, sus hidrografías constituyen “lazos naturales y culturales de unión forcluidos o silenciados que convocan a interrumpir la división política en América del Sur,” también indican su presión planetaria, la expansión de la unión a nivel mundial que implica tanto a los seres humanos como a todo lo no humano.

Esta última noción pretende proponer la nueva conciencia geopolítica –la conciencia planetaria– despegada de las fronteras abstractas establecidas por los poderes humanos.

 

                                                                                                                                   Dorota Biczel

 

Dorota Biczel es candidata a doctora en historia de arte por la Universidad de Tejas en Austin, Estados Unidos investigadora y curadora independiente. 

 

 

[1] Algunas de estas ideas son tomadas de Mapping Latin America: A Cartographic Reader, Jordana Dym y Karl Offen, editores (Chicago: University of Chicago Press, 2011).